Gracias Ángel Martín Rizaldos por estas hermosas palabras sobre RAÍCES TRENZAS

A PROPÓSITO DE ‘RAÍCES TRENZAS’, EN EL LABERINTO DE LA CANTERA

Por Ángel Martín Rizaldos

 A veces despertar es sumirse en el sueño, puede que la verdad sea tan múltiple como inconcebible. El teatro también es un jardín de senderos que se bifurcan, de espejos deformes, ilusorios y fraudulentos, de rostros con mil máscaras o tal vez máscaras con mil rostros, de enigmas cuya resolución es intraducible como el vértigo. El nuevo montaje de La Cantera dirigido por Jorge Sánchez y encarnado por Sauce Ena y Marta Cuenca se empeña en este tránsito con cadencia de yo-yo entre el sueño y la vigilia, generando una tenebrista incursión de la bruma crepuscular al deslumbramiento de un amanecer estival. Es una insensata singladura del asombro de lo insólito a la travesura de una infancia tan inocente como peligrosa. Propone Raíces Trenzas una excursión por los vericuetos y la fecunda perplejidad de la física cuántica. Y es tan prolija su red de sugerencias y alusiones que en su extraño camino nos topamos con una estética y unos seres que bien podrían haber brotado del delirio insomne de David Lynch. Hay momentos que podríamos estar frente a dos mujeres, habitantes de un secreto empadronado en Mulholland Drive, o frente a dos prófugas noctámbulas en busca de una explicación que las salve en la inextricable geografía de Inland Empire. Hay también en Raíces Trenzas el humor ácido e incorregible de Roald Dahl, como si la esencia de sus Relatos de lo inesperado se hubiese transformado en la soledad de dos niñas que tienen que jugar para no morir de espanto.

Los referentes y las posibles conexiones se multiplican como los mundos paralelos e ignotos que postula la ciencia cuántica. El lado oscuro de Tim Burton, ese universo que nos adentra en las tinieblas para iluminar el terror de lo cotidiano y aceptado como normal. La literatura de Chesterton y su elegante discurrir por paradójicos misterios y, por supuesto, sobrevolando todo este andamiaje laberíntico y multiforme y proporcionando amalgama al proteico artefacto, las ficciones de Jorge Luis Borges. Aquí están las insoslayables trampas de la realidad, las divergentes rutas a los callejones sin salida y las salidas equívocas a respuestas sin preguntas. Es difícil explicar lo que es esta obra, al igual que lo es explicar qué es la vida. Nada es lo que parece y todo es lo que no imaginábamos. Y allí donde creíamos perdernos viene un recuerdo o el recurso a la fantasía o el trance de la fe y, de repente, un intenso resplandor surge y hace nítido el extravío. Dios juega a los dados, el factor aleatorio determina los hechos impredecibles, y el Universo que pensamos ser una gigantesca maquinaria acaba manifestándose como una Gran Idea.

Marta Cuenca y Sauce Ena nos transportan a una ilusión de paredes apuñaladas como cuerpos odiados, de raíces que como las del templo jemer de Ta Prohm son tentáculos de una bestia cósmica que ni el mismo Lovecraft se hubiese atrevido a describir. Un sueño de trenzas enraizadas a una pesadilla de dos niñas atrapadas en el infierno de haber crecido y desembocado fatalmente en la inapelable sinceridad de lo cruel. No hay concesiones a la convención en este engendro de Jorge Sánchez, quien  como un Borges ciego de lucidez salta al vacío y nos habla de un héroe que se autoinmola inventando mentiras incriminatorias para triunfo de la revolución que liderara, de mujeres que beben scotch como el suicida se pasea al borde del abismo, de niñas que desaparecen tragadas por paredes hambrientas de escalofrío, de muñecas atrapadas en un terrario que esconde un botín criminal. Alicia atraviesa al otro lado de la cordura y tras de sí deja de un reguero de sangre y un grito de ausencia. Kilpatrick es la contraseña a esta hipnosis que La Cantera deslumbra, juega y embruja. Una hora y media de tiempo no lineal, de lógica desbaratada, de montaña rusa de emociones, y de interpretaciones cuyos registros nadan entre la locura y la poesía más desasida. Un estampido repentino y una noche huérfana parecen poner punto final a esta historia estragada, pero quizás este ruido súbito no sea sino el pistoletazo de salida de un nuevo camino cuyas derivaciones se amparan en el reino de lo indescifrable. A veces soñar es sumirse en la vigilia, puede que las trenzas al viento de una niña sean las raíces que sostienen el Universo.

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